06 julio 2015

Empresa en la universidad y el alumno mercancía

Empresa en la universidad y el alumno mercancía
Anuncio B.Santander
Anuncio del Banco Santander muestra molinos de viento en un paisaje manchego: “¿Qué estará haciendo, ahora mismo, el Cervantes del siglo XXI?”, dice el texto. La respuesta, con ese emotivo optimismo tan propio de la responsabilidad social corporativa (RSC), aparece debajo: “ESTUDIAR”.

Pero ¿estudiar dónde? Desde 2012, la universidad no ha dejado de perder alumnas y alumnos. El dinero destinado a educación se ha ido recortando año tras año, acrecentando las limitaciones de un sistema público que ya presentaba importantes carencias, y las grandes empresas, que mantienen o aumentan sus dotaciones económicas destinadas al mecenazgo en programas formativos, imponen su discurso sobre la “transferencia de conocimiento”. “El conocimiento universitario no está llegando al mercado”, explica la Fundación Conocimiento y Desa­rrollo, uno de los grandes lobbies empresariales del mundo educativo.

Las empresas mantienen en ese proceso de legitimación a través de la educación un doble interés estratégico

Esta fundación, dirigida justamente por Ana Botín, presidenta del Banco Santander, dice queese conocimiento “debe representar generación de PIB para que así se cierre el círculo y el sistema global pueda asignar reiteradamente recursos a la generación de nuevo conocimiento”. Cervantes, sin embargo, el único círculo económico que conocía era el de las pérdidas, sobre todo cuando pedía impresiones delQuijote en el taller de Juan de la Cuesta en Madrid. Prácticamente todos los escritores del Siglo de Oro malvivieron escribiendo, pero su transferencia en innovación es hoy, mal que le pese a algunos, incalculable.

Agentes educativos

A principios del siglo XXI, las empresas todavía hablan en sus discursos educativos de “mejora de competencias”, “desarrollo profesional” o “formación para la promoción interna”. Pero, poco a poco, los departamentos de recursos humanos van desapareciendo de unos programas formativos que trascienden la esfera de lo técnico yse proponen “contribuir a formar éticamente a los empleados”, dice Iberdrola en uno de sus programas de RSC.

Así, ya no hablamos sólo de una persona empleada que requiere de formación constante ante un escenario laboral cambiante y la imparable introducción de nuevas tecnologías:la empresa se divisa como un estadio más en la educación del ciudadano a lo largo de toda su vida y empieza a estar dispuesta a adquirir la responsabilidad que ello supone. En esa dirección apuntan el Pacto Global de la ONU o el Marco Europeo sobre Aprendizaje Perma­nente que la UE puso en marcha en 2006, ampliando miras en un doble sentido: a la vez que las empresas se convierten en agentes educativos estratégicos, la educación permanente incorpora como una de sus competencias clave el “sentido de la iniciativa y el espíritu de empresa”.

Telefónica, con casi 30 cátedras dedicadas a tecnología en universidades de Madrid, Cataluña, Valencia o Canarias, y el Banco Santander, con más de 70 cátedras en 30 universidades españolas, lideran la obsesión de las grandes empresas por tejer alianzas con los espacios prestigiosos de conocimiento. A la vez, se consolidan proyectos orientados a la sensibilización en temáticas sociales y ambientales, con un gran peso de la espectacularidad comunicativa y las herramientas habituales en la publicidad y el marketing. Son ejemplos destacados los grandes centros culturales como el CaixaForum o los museos de las fundaciones empresariales, pero también campañas como el ‘Ciudadano R’ de Repsol, una caravana que recorre diferentes puntos de la geografía española intentando hacer del ciudadano “parte activa en el ahorro y gestión de la energía, así como en el cuidado del medio ambiente”.

La información sobre sostenibilidad que ofrecen estas empresas desproblematiza su actividad

Al final, la solución que estos programas proponen, ante los complejos retos que las distintas crisis han puesto sobre la mesa, son “los pequeños gestos que ayuden a cuidar el entorno en el que vivimos”, dice la Guía del Consu­midor R. Por tanto, además de eliminar un posible cuestionamiento o visión crítica de la empresa, extienden el proceso de autoexculpación a una sociedad civil que debe seguir consumiendo, siempre y cuando realice pequeños gestos como reciclar o cerrar el grifo cuando se lava los dientes.

Como resultado, las empresas automovilísticas proponen vehículos menos contaminantes y con menores emisiones de CO2, las energéticas proponen energías renovables, biocombustibles o mayor eficiencia energética, los grandes bancos proponen servicios bancarios universales, las grandes empresas de telecomunicación proponen telefonía saludable y adaptable a toda la ciudadanía. Y casi todas se proponen como un agente activo de cambio, al servicio del cliente y crea­dor de valor económico y de empleo, bajo directrices de responsabilidad social y medioambiental.

Pero la formación en sostenibilidad que ofrecen estas empresas desproblematiza su actividad y el comportamiento de la ciudadanía, construyendo un escenario amable donde el cliente puede delegar en la empresa y sus productos el reto de la sostenibilidad. Con esto, las empresas mantienen, en ese proceso de legitimación a través de la educación, un doble interés estratégico. Por un lado, pueden adquirir una imagen proactiva como agentes destacados ante el reto del cambio climático o la polarización de la riqueza con la crisis, a pesar de haber sido acusados de ser su causa. Pero, además, les ubica en una posición privilegiada como entidad experta en políticas sociales y temas medioambientales. Mien­tras, la universidad va perdiendo su legitimación como espacio de conocimiento y se posiciona como fuente de recursos para el verdero fin social: la actividad empresarial.

Quizás el nuevo Cervantes del siglo XXI está ahora estudiando… pero mejor que estudie cómo no ser sólo una mercancía