31 agosto 2015

"Au-Pair" exclavos españoles en el extranjero

"Au-Pair" exclavos españoles en el extranjero
En un contexto de grave crisis económica, con unas cifras de desempleo juvenil superior al 50% y una ge­­neralización de la precariedad laboral, la estancia au pair en el extranjero se ha convertido en una salida laboral más para la juventud española. Un trabajo para el que no se requiere una formación específica, y sin embargo se valoran perfiles variados.

Una vía de escape para una juventud a la que se le había prometido todo y que, junto a los sectores más vulnerables de la sociedad, ha pagado el pato de la primera gran estafa del milenio.

¿De cuántos jóvenes estamos hablando? Los datos de Au Pair World:
la empresa más conocida del sector, muestran el aumento exponencial de jóvenes que recurren a esta vía ante las escasas perspectivas de futuro que les brinda su país natal. Si en 2010 los españoles registrados en este servicio eran 12.010; en 2013, el año de la "movilidad exterior" de la ministra de Empleo, Fátima Báñez, esta cifra llegó a 78.610.

El año 2014 muestra sin embargo una desaceleración del crecimiento de registros. El año pasado eran 80.180 los españoles registrados en Au Pair World, un aumento de apenas 2.000 usuarios. Esta tendencia de ralentización no es exclusiva de nuestro país: vecinos como Francia, Italia o Reino Unido presentan variaciones similares, mientras que el grupo de registrados alemanes, por ejemplo, se ha reducido.

Son datos, sin embargo, que distan de poder trazar una imagen de la realidad en la que viven y trabajan quienes optan por esta salida laboral.

No existe una regulación homogénea a nivel internacional, ni siquiera a nivel europeo, de las condiciones de trabajo de los au pairs. Desde la firma en 1969 por el Consejo de Europa del European Agreement on Au Pair Placement se establece una regulación diferente tanto respecto al trabajo doméstico como al estudiantil. Existe un modelo de contrato au pair europeo, en el que se especifica que la persona empleada "debe tener la posibilidad de mejorar su educación", en particular en lo relativo al idioma y su "desarrollo cultural".

Este contrato obliga a la familia a otorgar al menos un día libre al au pair e impide que éste trabaje más de cinco horas al día y 30 horas a la semana. Todas las obligaciones deben estar exhaustivamente enumeradas. La seguridad social debe correr a costa de la familia o, en su defecto, un seguro privado.

Sin seguridad social

Este modelo europeo, no obstante, no se aplica en todos los países. Muchos tienen sus propios modelos de contrato au pair. Según la información que ofrece Au Pair World a usuarios y visitantes, países como Francia, Bélgica o Dinamarca tienen su propio contrato oficial de au pair. Las condiciones de trabajo, por tanto, difieren en unos y otros países.

Las especificidades de cada país, tanto políticas como socioeconómicas, también juegan un papel esencial: un au pair que vaya al médico en Reino Unido puede encontrarse con que tiene que afrontar gastos como determinados tratamientos hospitalarios que en Fran­cia están cubiertos por la sanidad pública. Dependerá de la cuantía de la paga que percibe, generalmente calculado en función del salario mínimo interprofesional, que pueda o no hacerles frente.

¿Es la experiencia au pair la panacea de la libertad de movilidad de trabajo,y de la integración entre naciones que anuncian a bombo y platillo las empresas como Au Pair World? Sin duda, durante esos últimos años han sido muchas las experiencias positivas que los jóvenes españoles han tenido en el extranjero, dentro y fuera de la Unión Europea.

No obstante, en los últimos años el reluciente cartel publicitario ha empezado a resquebrajarse y la precaria realidad cotidiana de esta juventud empaña el idílico mensaje.

Olga ha trabajado de au pair ya en tres países. "En mis primeras dos familias, en Reino Unido y Francia, tuve un contrato escrito pero que no era legal, que no sólo no se cumplió sino que fueron aumentando cada vez más mis responsabilidades, el horario y otras cosas", relata la joven a Diagonal.

"Trabajaba 56 horas semanales con algunos fines de semana incluidos, por 250 euros al mes, limpiando toda la casa, incluido el baño de los padres. Hacía limpiezas generales de la cocina, limpiaba la nevera a fondo, los armarios de la cocina, lavaba la ropa de toda la familia y, a veces, también tenía que plancharla". Eran aproximadamente 1,12 euros por hora trabajada.

Intentó poner fin a sus míseras condiciones de vida y trabajo, pero la familia se resistió: "Cuando intenté irme me amenazaron con denun­ciarme y me quitaron el móvil como castigo, haciendo que no me pudiera comunicar con nadie durante algunos días, hasta que cambié de opinión".

Ahora Olga sigue de au pair, pero en Estados Unidos. "Ya habiendo aprendido de la experiencia y conociendo lo que es que te esclavicen por 250 euros unas 56 horas semanales, decidí irme a EE UU por medio de una agencia, que me proporciona un contrato legal", cuenta desde allí.

Aunque sólo lleva cuatro meses en el país, se alegra de comprobar que las condiciones del contrato se están cumpliendo: cada semana trabaja 46 horas y sólo se ocupa de tareas relacionadas con el cuidado de los niños. La paga semanal es de 196 dólares. Un trabajo, por fin, y no esclavitud.

No todos han sido capaces de acudir a la alternativa de las agencias, que por lo general vigila las condiciones en las que viven los au pairs. Rosa, una joven andaluza que decidió tomar este camino tras terminar su segunda carrera y comprobar que en España pasaría a engrosar las filas de una juventud sin futuro, conoce bien las experiencias de au pair.

Aterrizó en Ginebra, pero pronto se encontró desbordada: "Mi familia ginebrina me tenía puestos en la nevera dos horarios: uno con el trabajo que tenía que hacer con las niñas –colegio, actividades extraescolares, clases de español no remuneradas– y otro con el trabajo de la casa –limpiezas, cambio de sábanas, lavar y tender–, a lo cual había que añadir responsabilidades 'obvias', como el lavavajillas o recoger la habitación de las niñas todos los días", recuerda. Algo que distaba de las "tareas ligeras del hogar" de las que había hablado la familia en el anuncio.

Rosa acabó dejando Ginebra por París, donde sus condiciones mejoraron. Diagonalquiso saber por qué no volvió a España: "En mi caso, no quería volver a España porque veía que mejoraba en la lengua y que, en realidad, volver no era una opción. Mi madre es ama de casa y mi padre había sido despedido de una fábrica de coches durante mi última etapa universitaria, y aunque consiguió la prejubilación tras años de lucha, nuestra situación no es muy boyante. Además, mi familia vive en un pueblo de poco más de 3.000 habitantes en Jaén donde el paro juvenil es descomunal. ¿Volver dónde? A aguantar se ha dicho", afirma estoicamente.

Rosa, curtida en diversos movimientos sociales, decidió no quedarse quieta ante lo que veía en su día a día y en su entorno. Abrió una comunidad en Facebook llamada SOS Au Pair, ahora aparentemente inactiva, para denunciar la situación y ofrecer consejo y alternativas a personas que estuviesen en su misma situación. Así fue tejiendo una red de solidaridad y apoyo mutuo que combate el ostracismo social y político en el que viven: "No dejo de recibir emails y mensajes de explotación tras explotación".

Su iniciativa le ha llevado a conocer en profundidad multitud de casos de explotación laboral. Reco­noce que la casuística es muy amplia: "Otros casos son aún peores, chicas de Amé­rica Latina que tienen que aguantar por problemas de visado". Rosa ha tenido que lidiar de manera completamente altruista con historias que quitan el sueño:"Conocí un caso de abusos físicos, de una chica a la que le pegaba una niña de la familia que cuidaba. Pero claro, al ser los niños, pasa a ser visto como niños mal­criados. La chica se fue de la casa pero no le ha ido muy bien, sobre todo por el sentimiento de culpa".

Ansiedad

Aunque la mayoría de los casos no llega a la violencia física, sí que es frecuente el acoso psicológico, en sus diferentes manifestaciones. "Una chica que conocí llevaba varias semanas con ansiedad. La familia le compró el billete para ir de vacaciones con los niños el mes de julio. Tenía que trabajar todos los días por 120 euros a la semana. Ella no se atrevía a decir que no porque se sentía culpable de que la familia perdiese el dinero, habiendo comprado el billete hace meses, sin consultárselo. Así se aseguraban que se fuese con los niños. Además, decía que en su casa no la llamaban ni por su nombre, sino filleau (de fille au pair)".

La juventud de muchas personas que comienzan esta experiencia contribuye, según Rosa, a que se vean incapaces de plantar cara a las familias.

Hay relatos que han quedado grabados en su memoria, algunos de los cuales ha compartido con este periódico: "Hubo un caso que me pareció ya extremo. En su casa había cámaras, la madre maltrataba a los niños y ella tenía que pagar de su bolsillo las medicinas para curar las heridas de los niños en base a los consejos de su madre, que es enfermera. Cuando tenían cenas en casa, la obligaban a hacer comidas para todos los invitados", narra, al tiempo que reconoce que muchos de estos jóvenes no están preparados para contar su historia.

Incapaz de encontrar un empleo, Lucía –quien prefiere no dar su nombre real– se marchó de au pair a Irlanda. Diagonal contactó con ella a través del nodo dublinés de la Marea Granate, que ha denunciado la precaria situación de los au pairs en el país. Sin contrato alguno, se encontraba en un vacío legal.

"Vivía siempre con el miedo a que me echaran de la casa si protestaba o exigía lo que era mío", recuerda. No duda en hablar de abuso: "Estar cuidando diez horas diarias de cuatro niños menores de ocho años, sin tiempo ni siquiera para sentarme, es un abuso. Un abuso de poder, pues saben que pueden señalarte la puerta cuando quieran". A pesar de ello, Lucía consiguió mejorar su inglés y recientemente ha encontrado un trabajo digno en una empresa irlandesa. ¿El nuevo sueño español?

¿Dónde están las instituciones públicas? A pesar de la aparente multiplicación de estos casos de explotación, abuso y precariedad laboral, las embajadas y consulados siguen sin aportar soluciones claras y contundentes a este respecto. Éstas se articulan en los márgenes, a través de redes de solidaridad como la iniciada por Rosa.

Mientras tanto, cada vez más jóvenes, y todavía con una mayoría abrumadora del género femenino, hacen las maletas. Allá el riesgo se asemeja a una servidumbre del nuevo milenio. Sin voz ni voto, sin empleo digno, la precariedad y la violencia estructural del libre mercado hacen acto de presencia.

Los 'errores' patriarcales de la RAE

Una mirada rápida a cualquiera de las páginas web de au pair pone de manifiesto la persistencia de los estereotipos más patriarcales. "Sólo chicas": son las propias familias las que dan cuerda a una disparidad propia de otro siglo.

¿Pero qué es exactamente un o una au pair? El propio diccionario de la RAE, en su versión digital, incurre en graves errores. Lo identifica "especialmente con una mujer joven".

Una definición machista, según algunos, porque la mayor presencia estadística de mujeres no lo convierte en una denominación "especialmente" de mujeres, "igual que ir a la Universidad no es 'especialmente' de chicas por el mero hecho de que haya más", escribía Lourdes Jiménez en El Salmón Contracorriente.

Por otra parte, la definición que da la máxima institución lingüística de nuestro país no refleja siquiera el contrato laboral obligatorio que toda familia de acogida debe hacer a la persona au pair.

Tal y como se desprende de todas las ofertas disponibles, además del alojamiento y la manutención, el o la au pair recibe una cantidad de dinero, que depende del país de acogida y que se da de manera semanal o mensual.

diagonal